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Will Rogers

Uno de los humoristas y figuras públicas más célebres de su época, Will Rogers (1879-1935) ofreció comentarios secos y caprichosos sobre una plétora de cuestiones políticas, sociales y económicas. Sus observaciones aforísticas y satíricas, que expresaba en artículos de revistas y columnas sindicadas a nivel nacional, revelaban las debilidades e injusticias de la sociedad estadounidense y reafirmaban el papel del humorista como la voz del ciudadano «medio».

Nacido en Oklahoma en el seno de una próspera familia de ganaderos de ascendencia cherokee, el joven Rogers era un experto jinete y especialista en acrobacias. Apareció en espectáculos del Salvaje Oeste por todo el mundo, y en 1905 debutó en el vodevil. En el vodevil amenizaba sus actuaciones con charlas improvisadas sobre el arte de la cuerda. La cháchara humorística de Rogers, su despreocupación y su acento del suroeste resultaron ser una combinación muy popular, lo que le valió una invitación para formar parte de los Ziegfeld Follies. Su esposa le sugirió que variara y complementara su material con comentarios sobre personajes y acontecimientos contemporáneos. Siguiendo este consejo, deleitó al público con su filosofía casera y sus punzantes comentarios, convirtiéndose en un reputado humorista e intérprete de las noticias. Los dos primeros libros de Rogers, The Cowboy Philosopher on the Peace Conference y The CowboyPhilosopher on Prohibition, fueron extraídos de sus monólogos de Follies. Sus obras posteriores, como The Illiterate Digest, There’s Not a Bathing Suit in Russia y Letters of a Self-Made Diplomat to His President, se obtuvieron de las columnas periodísticas «Will Rogers Says», «The Worst Story I Ever Heard», «The Daily Telegram» y también de su correspondencia por entregas desde el extranjero que aparecía en The Saturday Evening Post. La muerte de Rogers en un accidente de avión en 1935 hizo que todo el país estuviera de luto, lo que llevó a Carl Sandburg a reflexionar: «Hay un curioso paralelismo entre Will Rogers y Abraham Lincoln. En sus escritos, al igual que en el escenario, Rogers aparentaba ignorancia, haciendo hincapié en su origen sencillo y rural y en su falta de educación formal. En realidad, era un comentarista bien informado y reflexivo, hábil en el uso del juego de palabras, la metáfora y la hipérbole. Asumiendo la postura de un ingenuo y bondadoso chico de campo, Rogers era capaz de ridiculizar al Congreso, a los presidentes y a los jefes de estado extranjeros sin ofender ni indignarse. Su The Cowboy Philosopher on the Peace Conference, por ejemplo, se burla de las estratagemas diplomáticas de las conversaciones de Versalles, mientras que The Cowboy Philosopher on Prohibition examina la inutilidad e hipocresía de la Ley Volstead. El punto de vista sagaz y fundamentalmente pesimista de Rogers ha sido comparado con el de Mark Twain, al igual que su profunda desconfianza en los motivos y objetivos de los gobernantes. Sin embargo, a diferencia de Twain, era incapaz de sostener una idea durante mucho tiempo. El fuerte de Rogers era la frase concisa, una afirmación breve pero muy sugestiva, calculada para provocar una respuesta inmediata. Aunque algunos críticos ya no consideran relevante su humor de actualidad y consideran excesivas sus faltas de ortografía y errores gramaticales intencionados, otros valoran sus escritos por la visión que ofrecen de las preocupaciones y opiniones de Estados Unidos durante las tumultuosas décadas de 1920 y 1930. Damon Runyon ofreció esta valoración: «Will Rogers fue el documento humano más completo de Estados Unidos. Reflejó en muchos aspectos el latido de América. En su pensamiento, en su aspecto y en su vida cotidiana, era probablemente nuestro nativo más típico, la aproximación viva más cercana a lo que nos gusta llamar el verdadero americano».

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